Un cambio de modelo ante el reto demográfico

Enrique San Juan
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Cualquier estimación demográfica matiza que sus datos no son previsiones, sino proyecciones basadas en una foto fija. Si cambia el escenario, automáticamente hay que ajustarlas. El INE, en sus Proyecciones de Población publicadas a finales de 2012, arranca con la siguiente explicación metodológica: “Si se mantienen en un futuro las actuales tendencias demográficas…”; ídem el documento La situación demográfica en el mundo 2014 de Naciones Unidas, que establece que, “de mantenerse la trayectoria actual, la población mundial alcanzaría los 8.100 millones en 2025 y los 9.600 millones en 2050”.

Juan Antonio Módenes, investigador del Centre d´Estudis Demogràfics de la Universidad Autónoma de Barcelona, explica que “las proyecciones prolongan tendencias recientes, con más o menos variaciones, pero no se pueden introducir cambios sistémicos imposibles de prever, como, por ejemplo, la llegada de inmigrantes a España a principios de este siglo”. Los expertos inciden en este punto, pues la realidad es que nadie está seguro de lo que va a pasar en plazos de 30 o 50 años. Sin embargo, estas proyecciones son muy útiles, pues enmarcan grandes tendencias que detectan problemas previsibles.

Es incierto si en 2050 se alcanzarán los 9.600 millones de humanos en el mundo como proyecta la ONU o si, por el contrario, serán muchos más –las proyecciones mundiales de los últimos 40 años han tendido a pecar por exceso más que por defecto–. Aunque a este nivel planetario poco importan unos cientos de millones arriba o abajo. Lo relevante es que las tendencias están claras y, salvo cataclismo, es un hecho que la población estará muy por encima de los 7.200 millones registrados a inicios de 2015. Algunas tendencias parecen indubitables.

Primero. La natalidad está cayendo en el mundo. Ha pasado de 4,5 niños por mujer en 1970 a 2,5 en 2014. Julio Pérez, demógrafo investigador del CSIC, considera que ha cambiado el modo de configuración de las familias y cita como ejemplo nuestro país. “En España se ha producido un salto abismal. Hemos pasado de tener muchos hijos a cuidarlos mejor, lo que implica mayor esfuerzo económico y tiempo”. Una característica que se irá extendiendo a otras regiones, hoy más atrasadas, donde se espera un aumento de la clase media.

Segundo. La mortandad también se ha reducido en el mundo y se espera que continúe en esta senda. En un primer lugar, gracias a un descenso significativo de las muertes de los niños y, después, alargando la vida de los más mayores. El mundo ha pasado de 1.200 millones de habitantes a finales del siglo XIX a 7.000 millones en la primera década del XXI, un crecimiento que no se ha debido al aumento de los nacimientos, sino a que se ha alargado la esperanza de vida: en 1900 se vivía de media 35 años (debido a la alta mortandad infantil –uno de cada cinco niños no pasaba de los 15 años, según Julio Pérez–, las condiciones sanitarias y los conflictos bélicos, que reducen considerablemente la media), mientras que hoy en día se pasa de los 80, al menos en España.

Tercero. Las evoluciones demográficas serán dispares en las estructuras según regiones e, incluso, países. Convivirán zonas con saldos demográficos positivos, como África y Asia, con otras negativas como Europa. Eso continuará provocando fuertes procesos migratorios de las zonas más pobres hacia las más ricas.

Migraciones involuntarias
Precisamente el Informe de Riesgos Globales 2016 presentado en el Foro Económico Mundial de Davos situaba la migración involuntaria a gran escala como el riesgo con mayor probabilidad de materializarse. Según ACNUR, el número de personas desplazadas en 2014 alcanzó los 59,5 millones, casi un 50% más que en 1940.

Los flujos globales de refugiados y las migraciones involuntarias se han convertido en un importante factor que ha de tenerse en cuenta a la hora de abordar el reto demográfico. Durante 2014 el número de desplazados (42.500 al día) fue cuatro veces mayor que en 2010 y, aunque la reciente crisis de los refugiados en Europa ha acaparado la mayoría de los titulares, se trata de un problema a escala global. Más de la mitad de los desplazamientos forzosos de 2014 provinieron de tres países: Siria, Afganistán y Somalia.

Según el mencionado informe, los desplazados tienden a permanecer más tiempo en los países de acogida, ya que
el tiempo de permanencia medio ha pasado de los nueve años en la década de los 80 a los 20 años en la primera década del siglo XXI. Otro aspecto destacado es que, a diferencia de lo que podría pensarse, el 86% de los refugiados vive en países aún en desarrollo, con sistemas políticos y estructuras sociales más débiles.

Repercusiones económicas
Las variaciones demográficas son uno de los elementos responsables de los grandes cambios sociales, y especialmente económicos, que han movido a la humanidad, por lo que no conviene darles la espalda. “El incremento de la población se va a producir de forma asimétrica en diferentes partes del mundo. Los países emergentes y las zonas urbanas concentrarán los crecimientos. Las rentas medias aumentarán, por lo que se espera la incorporación de más de 1.500 millones de personas a las clases medias de la economía de consumo en 2030. Esta mayor intensidad en el consumo de recursos, junto con el calentamiento global que se prevé a lo largo del siglo, condicionarán el modo en el que se producen y consumen los bienes y productos”, puntualiza José Luis Blasco, socio responsable de Gobierno, Riesgo y Cumplimiento de KPMG en España.

España no será ajena a este contexto mundial, aunque tiene sus peculiaridades, producto de un avance social y económico acelerado en los últimos 40 años siguiendo la estela de otros países occidentales. Concepció Patxot, profesora de la Universidad de Barcelona, explica el salto del baby boom, al que cataloga de espectacular: “Tras la Guerra Civil se produjo una expansión de la natalidad, con un incremento disparado de la esperanza de vida. Esto da pie a la generación del baby boom entre los años 57 y 67, que empezará a jubilarse a partir de 2025 hasta el 2040 y que estarán 20 o más años viviendo de la pensión, por lo que el pico principal lo tendremos en 2050”. El problema del baby boom se agudiza por la fuerte caída de la natalidad a partir de los años 70 y 80, que hace imposible mantener los ritmos de reposición.

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De aquí a 2050, el INE estima que se mantendrá una natalidad baja, aunque en incremento (la tasa de fecundidad subiría de 1,34 hijos por mujer a 1,56); aumentará la esperanza de vida entre seis y ocho años (90 para las mujeres y 87 para los hombres) y se agudizará la disparidad regional significativamente. Sin embargo, el mayor número de muertes que de nacimientos hará que la población disminuya, siguiendo la tendencia europea. Los cálculos del INE son que hasta 2050 se perderán 4,5 millones de habitantes, el 10% de la población actual, lo que arroja un envejecimiento evidente. Los mayores de 65 serán en 2050 el 38% de la población frente al 18% de 2012.

De momento parece que las proyecciones se mantienen. Según los datos del padrón municipal de 2014, el pasado año vivían en España 46.771.341 personas, 358.442 menos que un año antes, y ya son tres consecutivos en los que se produce un descenso en el número de habitantes dentro del territorio nacional. Pero el 2014 ha sido el primero desde 1900 que las defunciones han superado a los nacimientos.

También en España, la evolución de la población conllevará consecuencias en la sociedad a corto plazo (en términos demográficos, 25-30 años). Blasco reseña algunos de los desafíos que tendrá que afrontar España de aquí a 2050: “Desde el punto de vista del ciudadano-gestor, la tecnología nos permitirá opinar y actuar sobre todo. Desde el teléfono a la impresora 3D, todo nos lleva a la personalización, peer-to-peer, a la sociedad descentralizada. El envejecimiento de la población implicará una transformación para las administraciones y los negocios y
el cambio climático cambiará las fuentes de riqueza naturales –agua, energía, turismo, agricultura, etc.–. Por último, la información accesible, la producción de energía distribuida y la síntesis de alimentos llevarán a una sociedad que funcionará en red conectando a los ciudadanos entre sí y con la tecnosfera y la biosfera –ciudadanos/cosas/medio ambiente–“.

Aunque igualmente conllevará efectos sobre la economía. “La falta de población activa por el descenso de personas en edad productiva implicará escasez del factor trabajo, con la consiguiente reducción del desempleo y la subida de los salarios. El capital, al haber menos trabajo, se abaratará. El ahorro medio nacional se reducirá, pues las personas guardan para la jubilación y llegado ese periodo vital aumenta el gasto. Igual que aumentará la presión fiscal, porque habrá una mayor tasa de dependencia que deberá ser costeada desde las arcas públicas”, declara Patxot.

Tasa de dependencia
Así, la tasa de dependencia (menores de 16 años y mayores de 65 por personas trabajando) se convertirá en el flanco débil de la economía española en los próximos 30 años. El INE establece que en 2050 llegará a 1/1, es decir, que un trabajador deberá mantener a un dependiente. Se debate mucho sobre la tasa mínima necesaria para sostener el sistema, no solo la seguridad social y la sanidad, sino el Estado de bienestar en su conjunto. “En 1996, la cobertura en España era de un pasivo por cuatro activos y en 2012 ya era de dos pasivos por cada tres activos”, aclara Patxot. La cuestión es si la tasa de un activo por un pasivo que pronostica el Instituto Nacional de Estadística podrá mantener la economía del Estado de bienestar tal y como está concebido hoy.

Cándido Pérez, socio responsable de Infraestructuras, Transporte, Gobierno y Sanidad de KPMG en España, apunta que no es momento de cuestionar la gravedad que implicaría el envejecimiento de la población. “Es un hecho derivado de la pirámide de población. Lo que tenemos que hacer es resolver de qué forma se mantendrá esa población envejecida. El sistema no quebrará en 2030, porque seremos inteligentes, pero hay que ponerse a pensar cómo puede ser la sociedad del futuro y ver qué hay que cambiar”, resume.

Cómo equilibrar la tasa de cobertura durante los próximos quinquenios, al menos a los niveles actuales de dos activos por cada tres pasivos –o, incluso, mejorarlos hasta dos activos por cada un pasivo– se convertirá en el gran reto de la economía española. El investigador del Centre d’Estudis Demogràfics de la Universidad Autónoma de Barcelona considera que “todavía hay un ratio creciente de personas potencialmente activas, como una parte de mujeres que no tienen una participación laboral relevante (en el mercado laboral) donde ocupan empleos a media jornada”. Avanzar en esta línea podría elevar el número de trabajadores nacionales. Pero si no hay suficientes nativos para aumentar el número de cotizantes a la Seguridad Social –y contribuyentes fiscales que nutran las arcas públicas del Estado–, la única solución sería atraer población foránea.

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Sin embargo, el INE calcula que de aquí a 2050 el saldo será levemente positivo, no más de medio millón de personas en el conjunto del periodo, aunque con fuertes pérdidas hasta 2040. Vamos, que habrá más españoles saliendo que inmigrantes entrando. De cumplirse estas proyecciones, no sería suficiente. Patxot calculó que para que la tasa de cobertura se equilibre sería necesario que entrasen medio millón de migrantes cada año. “Con el consiguiente impacto social que supondría”, matiza. Además, los inmigrantes solo vendrán si la economía española es capaz de crear ingentes cantidades de puestos de trabajo. Y eso poco tiene que ver con la demografía.

Mayor productividad
No obstante, Cándido Pérez apunta que el problema futuro “no será cuántos nuevos empleos necesitaremos crear para mantener el Estado de bienestar, sino qué tipo de empleos seremos capaces de generar en las próximas décadas. Hay que ser más competitivos, crear empleos más capaces de generar mayor valor añadido”, dice. Es la reflexión no solo del socio de KPMG sino del resto de expertos consultados.

“La productividad media del empleo en España es relativamente baja debido a la fuerte implantación de un modelo productivo que requiere mano de obra poco cualificada en trabajos poco remunerados. Si el modelo productivo evolucionase hacia actividades de mayor productividad, ganancia del trabajador y cotizaciones/impuestos, se podría compensar la reducción relativa de efectivos en edades activas”, matiza Módenes.

El futuro requerirá, por tanto, más empleos pero, sobre todo, de mayor calidad con niveles de productividad equivalentes a nuestros competidores directos. Se hace imprescindible el cambio de modelo productivo que tantas veces se ha pretendido desde los poderes públicos y se ha demandado desde los agentes sociales y otros actores económicos. “La formación será un elemento fundamental, aunque en este sentido estamos mucho mejor que hace unas décadas. Debemos compararnos con nosotros mismos hace 50 años”, dice Julio Pérez.

La educación se convierte en una inversión prioritaria y muy rentable. “La expansión educativa [incremento del nivel de educación de la población] es el factor con mayor impacto en la evolución económica, lo que implica que la inversión en educación podría compensar en cierta medida los efectos negativos del envejecimiento de la población sobre el crecimiento económico”, concluye Concepció Patxot en un estudio que realizó sobre los efectos conjuntos de dos de los programas sociales de transferencias públicas más relevantes, las pensiones y la educación.

Nuevas pautas de consumo
Empleo, educación, pero también consumo y modelos productivos. La evolución demográfica y el envejecimiento de la población acarrearán cambios en los comportamientos. O, al menos, serían necesarios. “La solución a los problemas económicos derivados del envejecimiento poco tiene que ver con medidas demográficas, como apuntan los natalistas que abogan por incentivar la natalidad. La cuestión no es cuántos somos, sino cómo hacemos las cosas”, defiende Julio Pérez. “Es difícil saber cómo serán nuestros hábitos y nuestro ocio en 2050, aunque tendremos que comportarnos de manera distinta, pues hemos cruzado la raya que puede sostener el planeta”, dice. El reto, pues, no es mantener el Estado de bienestar –que también–, sino el propio sistema económico y social. Y por extensión, el urbanismo. Naciones Unidas calcula que los 2.000 millones de nuevos habitantes habitarán principalmente en ciudades.

Ciudades adaptadas
Antonio López Gay, investigador del Centre d´Estudis Demogràfics experto en urbanismo, explica cómo cambiarán las ciudades españolas. “Dado el escaso nivel de crecimiento de la población en España no se producirá una generación neta de hogares, por lo que no habrá que construir nuevas viviendas. Sin embargo, el acento hay que ponerlo en quién vive dónde”. Según resalta López Gay, las áreas centrales de las ciudades albergan la población de más edad y los cinturones metropolitanos la más joven.

Aunque no haya que construir nuevas viviendas como en años cercanos, será necesario adaptar muchas de las actuales a las necesidades que conlleva el envejecimiento: “Añadir ascensores en las viviendas, sustituir escaleras por rampas, mejorar la movilidad y accesibilidad en los barrios, ascensores públicos para zonas con fuertes pendientes, mejoras de los espacios públicos adaptados a los mayores. En definitiva, es importante que los municipios puedan anticiparse al envejecimiento de su población”, explica López Gay, que puntualiza: “También es importante considerar que en el futuro el flujo migratorio extranjero se pueda volver a acelerar y que probablemente las áreas urbanas sean un destino preferente. Pero se hace prácticamente imposible poder predecir el calendario, la intensidad o los espacios en los que se establecerán”.

También habrá que renovar la infraestructura urbana: “Habrá que pensar en centros polifuncionales que puedan prestar servicios públicos a la población en diferentes etapas de la vida, ya sea sucesivamente (conforme los nuevos barrios vayan envejeciendo) o más idealmente, simultáneamente. Escuelas que en otros horarios puedan prestar otros servicios al barrio, como bibliotecas, centros de reuniones, que puedan dar servicio a la población mayor una vez que ya no trabaje”, explica Módenes

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